Mi perro me mira desde su cucha mientras voy y vengo por la casa, hablando solo, llevando cosas de un lugar a otro. No sabe por qué, pero entiende que su humano hoy está particularmente contento. Me devuelve amor con un zarandeo de cola y por un rato más se queda mirándome, mientras continúo con mi preparación. Reviso el clima por vigesimoquinta vez. Como todas las veces anteriores San Google profesa: despejado, vientos leves, temperatura min -6°C y máx 9°C, luna 3% visible. Respiro aliviado, ¡las condiciones son perfectas! Cámara, baterías, trípode. Baterías, trípode, cámaras. Y otra vez, chequeo: cámara, trípode, baterías. Podría decir que es el único ritual que conservo desde hace 14 años; hoy lo practico con más energía, es un ritual reloaded. Esta noche pretendo traer el trofeo grande a casa, por lo que rechequear -al menos tres veces- es cuasi obligatorio. En la mochila tengo abrigo, comida y agua suficientes. Procuro ir lo más liviano que pueda, sé que el ascenso será agotador. Una vez más, por las dudas: cámara, baterías, trípode.
Desde casa hasta la base del cerro que elegí, son unos 40km por la Ruta Provincial 82. En el primer tramo la vía circula paralela a la precordillera y a medida que avanza, los cerros empiezan a custodiarla por ambos laterales. En pocos minutos de manejo el escenario se transforma y el horizonte se expande delante de mis ojos. Los colosos empiezan a presentarse de a uno. Poco tímido, con sus 5956msnm aparece El Plata con su cumbre nevada, aún en primavera. Unos minutos más tarde, se suma al recorrido el Volcán Tupungato, divisor natural entre la cordillera argentina y la chilena. El Tupungatito y el Cerro Negro no se hacen esperar mucho y prontamente se adueñan del paisaje. Delante de ellos y casi rozando las casitas de la precordillera, los cerros de Cacheuta terminan de escoltarme a mi destino. El aire que entra por las ventanillas trae frescura de montaña y olor a monte, deja atrás los jazmines y azahares que perfuman la ciudad en esta época del año. Esa brisa fresca y liviana anticipa que la noche estará despejada. Punto para San Google.
Faltando pocos kilómetros para llegar a la base del cerro, desde la ruta se divisan los negocios de artesanías, algunos barcitos y los clásicos puestos de torta asada y sopaipilla cuyana. Antes de empezar el ascenso, pasar por el puesto de doña Irma es ley. Sus tortas son las más deliciosas de la zona, – profesa su nieta mientras gesticula cuántas voy a querer. Dos, -respondo- tengo que subir liviano. Nos reímos los tres. ¡Qué linda es la gente de montaña!, -pienso- mientras afirmo con la cabeza que sí, son las más ricas del condado. Culminada la parada gastronómica en lo de doña Irma, estoy listo para empezar la aventura. Acomodo la mochila, ajusto las correas, refuerzo los cordones de las zapatillas. Aquí estoy, somos el cerro y yo. Inicio el cronómetro y empiezo el ascenso.

Foto: Díaz
A los pocos pasos de iniciada la aventura, el cuerpo comienza a experimentar una serie de fenómenos poco agradables, que hacen cuestionarse la brillante y prometedora idea de subir a sacar fotos ¿por qué? ¿quién me mandó a hacer esto? Las manos sudan, el corazón late tan fuerte que parece que se sale del cuerpo, cada bocanada de aire se siente insuficiente y las piernas… bueno, las piernas duelen. El deseo de volver a casa a ver pelis con mi perro empieza a cobrar fuerza. Siempre aparece en esos 15 minutos de fuego, pero se desvanece rápidamente cuando recuerdo para qué estoy ahí. A medida que voy subiendo por el filo del cerro voy observando, analizando y hasta cuasi desarrollando teorías matemáticas de dudoso sustento, sobre cuál será el punto desde el que pueda capturar de la manera más vívida la magia que el cielo me va a regalar esta noche. Aunque a menudo, todas las teorías de geolocalización fallan y dejo que el sitio perfecto me encuentre a mí.
Como en todos los aspectos de la vida, ser organizado y ordenado tiene sus ventajas y esta actividad no escapa a la regla. Para hacer astrofotografía hay que ser un poco biólogo, un poco astrónomo, un poco geólogo, tener una cámara, claro, pero sobre todo ser organizado. Saber cuál es la hora indicada para tomar la foto es casi o igual de importante que recitar la tríada ¡Cámara, trípode, batería! Cuando los últimos rayos rojizos de sol emprenden el viaje hacia el otro lado del mundo y caen por detrás de las montañas, la magia se avecina. Sucede una danza perfectamente sincronizada entre las luces que se apagan y las que comienzan a despertar. El momento en que el lucero se hace presente en el firmamento, me indica que más temprano que tarde debo encontrar mi asiento, porque el show está pronto a comenzar y no querré perderme ni un segundo.

Foto: Javier Gutiérrez
Desde este punto puedo contar unos seis o siete planos diferentes. Las montañas del fondo con sus vestidos grises, se dejan teñir los jopos de rosa pastel por la luz del atardecer y se abrigan en los grises morados del cielo de más allá. El agua baja cantando por la quebrada, se mete entre las rocas y vuelve a salir a los pocos metros, pero con menos furia, más mansita. En su recorrido se encuentra con una ruta de tierra poco transitada y se pierde entre los jarillales del monte. Todavía hay buena luz y hay unas poquitas estrellas saltando en el cielo. Puedo sentir en los dedos y en la nariz que la temperatura está bajando, aunque estoy bastante cómodo como para seguir explorando el sitio un poco más, sin necesidad de abrigo extra. Me alejo hacia el norte solo unos metros más y para mi sorpresa la encontré muy rápidamente: esa será mi butaca esta noche.
Plato principal de mi cena gourmet estilo Los Andes: una lata de atún finamente seleccionada de la góndola del super, acompañado de frescas aceitunas negras cosechadas del patio de mamá. Para beber: exclusivo concentrado espumante de destilado de uva (o sea una latita de vino). Mi veredicto 5/5, goce garantizado. Suena una alarma y salgo rápidamente de ese estado de relajación y disfrute que sólo se logra en la sobremesa de una cena a 3.600 msnm. Ese sonido tan diferente a los que mis oídos se acostumbraron en estas últimas horas me indica que en 1 hora y 10 minutos la vía láctea estará exactamente sobre mi cabeza.
Campera, gorro de lana y guantes, puestos. Chocolate en un mano, taza de café en la otra. Cámara estabilizada en el trípode. Parámetros para fotografía nocturna, ajustados. Estoy sentado sobre unas cómodas gramíneas, rodeado por paredones de granito de unos 3 o 4 metros de alto, que me cobijan de la brisa fría que juega entre los cañadones. Los dedos se sienten como agujas, las piernas están entumecidas y mis pulmones devuelvan aire más frío del que entró por la nariz. Parecerá que es un martirio, pero estoy feliz, en calma, quieto. Mansito como el agua que salió por las rocas, en silencio, contemplo el cielo. Es por esto, – pienso. Por este cielo de este planeta, supero sin chistar esos primeros 15 minutos de fuego.

Foto: Díaz
Un océano de gases y polvo estelar flota en el horizonte. Es el disco de nuestra propia galaxia, visto desde este rinconcito del mundo. Dos diminutas burbujas galácticas, se suman a la danza de la serpiente de plata: las Nubes de Magallanes y La vía Láctea están aquí. Como si estuviesen conectadas por un puente de estrellas, surcan el cielo en admirable armonía. Dejar de contemplar la inmensidad de la galaxia en todo su esplendor, durante el segundo que tardo en apretar el obturador de la cámara es poco tentador, honestamente. ¡Es que no quiero perderme nada! -objeto en voz alta. Me río de mis conversaciones conmigo mismo. Sin darme cuenta, como si fuese una acción que mi mano no hubiese ejecutado, aprieto el obturador. Me brillan los ojos y se achinan acomodándose sobre mis mejillas, estoy seguro. Siempre me sonrío emocionado cuando sé que estoy por inmortalizar este pedacito del cosmos, este show privado del que soy privilegiado espectador. El primer disparo es el que me guiará para ejecutar los siguientes. Son 32 segundos de exposición por cada una de las fotos que formarán parte de la gran panorámica. La secuencia se sucede como una receta: encuadre, enfoque, disparo. Podría estar horas deleitando mis sentidos con las historias que me regala el cielo, -suspiro con la mirada arriba, no en la cámara. Arriba. Tres, dos, pip. Encuadre, enfoque, disparo.
En las mañanas de primavera, los azules turquesas del cielo se fusionan con los tonos ocre del no tan lejano oeste; el Lorenzo se alza en el este y a su paso va vistiendo de rojo sólido todo lo que toca. El viento frío que nace en el sur se cuela travieso por las quebradas, subiendo hasta encontrarse con el calor de la omnipresente estrella de la mañana. Es la combinación más exquisita. En esta mañana de primavera, el aire que entra por las ventanillas trae olor a azahares y jazmines que perfuman la ciudad, dejando atrás la frescura de montaña y el olor a monte. Tengo una torta de doña Irma, un café en jarro enlozado; el rabo regalador de amor de mi perro en casa y un pedacito del cielo de este planeta en mi cámara. Es la combinación más exquisita.






































