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Alberto Laiseca

Cultura Urbana

Un viaje al interior de Laiseca

Alejandro “Rusi” Millán Pastori fue uno de los discípulos más cercanos de Alberto Laiseca, unos de los mejores escritores de la literatura Argentina, creador del realismo delirante y de la monumental novela de casi 1400 páginas, Los Sorias. De esa conexión surgió LAI, un documental que explora gran parte de la geografía de este genio narrativo, mostrando la intimidad de sus últimos años como Maestro de taller. Una producción biográfica que podrá verse desde esta semana por CINE.AR PLAY. 

Estábamos sentados en la vereda de un bar cuando Laiseca preguntó si servía lo que habíamos grabado. Dije que sí, pero fui poco convincente. Él hizo un chasquido con la boca y miró para otro lado. Viajamos desde Buenos Aires hasta Camilo Aldao, esa zona de Córdoba en el límite con Santa Fe, sin hablar. No tenía mucha relación con él, era apenas el flaco que hacía el documental. Por suerte nos acompañaban Selva Almada y Sebastián Pandolfelli, los amigos en común, los que ocupaban los espacios vacíos empujando el asunto.

En el hotel nuestros cuartos estaban separados por una pared. Esa noche descubrí que hablaba solo. Sostuvo discusiones acaloradas y opinó sobre el rodaje con un tono de voz extraño hasta bien pasada la madrugada. Al otro día su desayuno fueron tres o cuatro tazas de café doble, a las que rellenaba con whisky después de unos sorbos larguísimos. En una hora tenía que encontrarse con alumnos de primaria en la escuela pública de Camilo Aldao, la ciudad de su infancia.

Alberto Laiseca

Foto: Rusi Millán Pastori

Nos adelantamos para preparar todo. El sol quemaba los guardapolvos de los alumnos que llegaban de a poco y corrían por el patio de la escuela, con más ganas de jugar que de estar ahí un sábado a la mañana. Aunque las maestras los habían preparado, era difícil saber lo que iba a pasar. De repente una voz paciente y poco clara retumbó en el patio y los hizo formar para recibirlo. Enorme, medio encorvado y con un pucho entre los dedos, parecía recortado de otra realidad. Los chicos estaban inquietos mientras lo presentaban y él adoptaba la apariencia de una gárgola. Grabamos lo que pudimos del homenaje, aunque no pasaba de una nota de color.

Finalmente dijo que quería contar unos “cuentitos” a los chicos. Respiró fuerte en el micrófono. El murmullo de los alumnos sentados en el suelo fue desapareciendo hasta que quedaron en silencio. Entonces empezó a contar El Gato negro, un clásico cuento de Edgar Allan Poe. La oscuridad llegaba con su voz mientras el sol parecía desaparecer de a poco, como si estuviera de más. Le ofreció a esos chicos un abismo, y ellos lo aceptaron. A través de la cámara veíamos sus reacciones, las miradas, las risas nerviosas, las bocas abiertas, todo lo que daba a entender que pasaban por una experiencia difícil de olvidar. Lai narraba canalizando esas ficciones pesadillescas a través de su cuerpo, como un filtro hacia la realidad. “Es mentira, es mentira lo que cuenta”, susurraban algunos con ganas de volverse adultos a la fuerza.

En 1998 Alberto Laiseca publicó Los Sorias, su obra cumbre, la novela más extensa de la literatura argentina con 1400 páginas. Ricardo Piglia, quien prologó el libro, la consideró como: “la mejor novela que se ha escrito en Argentina después de Los siete locos”. Entre los géneros de novela, cuento, poesía y ensayo publicó más de veinte títulos dónde, aparte de la mencionada anteriormente, también se destacan El jardín de las máquinas parlantes y Matando enanos a garrotazos.

Cuando terminó de contar se paró de golpe y los chicos salieron corriendo a saludarlo como si fuera una celebridad de programas infantiles. El sol volvió al patio. Después lo llevaron a hacer un recorrido por las paredes, donde habían colgados dibujos, caricaturas, que habían hecho de él. Incluso esa tarde, mientras dábamos vueltas por Camilo Aldao, uno de esos chicos se acercó feliz para darle el dibujo que no había llegado a terminar para el acto.

Alberto Laiseca

Foto: Rusi Millán Pastori

¿Qué había pasado entre Lai y esos chicos? Si existía la posibilidad de hacer un documental sobre Alberto Laiseca, seguramente teníamos la respuesta en lo que grabamos esa mañana de noviembre de 2010.

Pasó el tiempo. Un tiempo en el que buscamos financiación para el proyecto y recopilamos horas y horas del taller que daba en su casa, gracias a sus alumnos más antiguos y a unas camaritas que quedaban en plano fijo, registrando la intimidad de las clases, como parte de la investigación para confeccionar el guion. Ahí apareció otra ventana: el maestro Lai.

Cuando por fin teníamos la financiación y esa hoja de ruta dudosa, que es el guion de un documental, pudimos planificar el rodaje. Pero las cosas fueron bien diferentes. Después de un accidente su movilidad quedó bastante limitada.

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Laiseca de niño

Lai vivía en Flores, en un dos ambientes. Uno de los cuartos albergaba su biblioteca con libros forrados de blanco, su guardia anónima. El otro la cama, el inmenso escritorio en el que pasaba casi todo el día, el lugar en el que daba clases. No había que ir hasta el final de la cueva para encontrar al monstruo, era sólo abrir la puerta y ahí estaba. Al principio daba impresión.

Como actor, Laiseca es  recordado por su célebre protagónico en el programa de televisión Cuentos de terror, que se transmitía por el canal de cable I.Sat. y en 2008 se destaca en la película de Mariano Cohn y Gastón Duprat, El artista, donde encarna a un paciente de geriátrico que logra una particular asociación con el enfermero que lo tiene a su cargo.

Fuimos a entrevistarlo. Otra vez Selva y Seba eran el nexo, los que hablaban mientras yo apenas preguntaba algunas cosas y miraba a través de la cámara. Habló de su pasado pero muy poco, no le interesaba. Volvimos un par de veces y lo que más hacíamos era grabar las cosas que había en esos dos ambientes: los libros, los adornos, su colección de VHS, las botellas de cerveza formadas, listas para tomarse “a temperatura ambiente”.

Entrevista a Laiseca

Foto: Rusi Millán Pastori

Entonces, un día le dije que iba a empezar a ir a su taller, y casi sin preguntar, me puso en el grupo de los lunes con Selva Almada, Sebastián Pandolfelli, Natalia Rodríguez Simón, Guillermo Naveira y María Solá, quien se sumó cerca del final. Los más estables estábamos ahí. Iba con la cámara y un grabador de audio. Cambiaba de planos algunas veces por clase, y en otras, lo dejaba en uno fijo. Al mes de ser parte del taller encontré un mensaje en el contestador: “Rusi, venite a tomar una birra, chau, Lai”. Así fue que empecé a ir con la cámara, que se quedaba a mi lado mientras charlábamos. Lo visitaba, siempre que podía. Me acuerdo un 24 de diciembre de mucho calor en el que estuvimos hasta la noche. También de algunas veces en que Luisa, mi compañera, llamaba para ver cuando volvía a casa. Recuerdo a Lai pasándome el tubo del teléfono que todavía tenía cable. Gracioso, son mis últimos recuerdos de los teléfonos fijos. Y a veces, cuando miro hacia el otro lado de una mesa vacía, me lo imagino con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la mano.

Lai no sólo atravesaba la cámara, la hacía desaparecer, tanto para él como para todos los que estábamos alrededor. En el candomblé se usa la expresión “baixar o santo” cuando se es poseído por una entidad, cuando baja algo del más allá y toma un cuerpo. Es actuar extraño, volverse loco, conectar mundos diferentes. Creo que al final hizo eso en los que estábamos alrededor, bajo una suerte de espacio que no se puede dejar de habitar, aunque ya no esté físicamente.

Fueron casi dos años de registrarlo con la cámara, pero cuando se vuelve algo personal, te queda el 25 por ciento de todo lo grabado. Es el costo que se paga por defender la intimidad en lo documentado. No todo puede transformarse en espectáculo por puro reflejo.

También usamos la ficción, pero no para recrear algo del pasado, más bien como un artefacto para meternos en su interior e interpretarlo, un poco arrebatados, contar la forma de su obra, no sé, poseerlo. Un niño interpretado por Cyrano Guinot, hijo de Juan, otro que durante años llamó maestro a Lai, era el protagonista de esos pasajes. Supongo que había mucho de los chicos de Camilo Aldao en esa idea.

Alberto Laiseca

Foto: Rusi Millán Pastori

Con Julieta, su hija, pudimos meternos entre las cosas del cuarto con la biblioteca de libros blancos, cuando abandonó el departamento de Flores para no volver. Descubrimos un material invaluable, entre originales, inéditos y fotos de su infancia. Según él, eso no existía, lo había prendido fuego.

Si pensamos en que todos tenemos que luchar con nuestros demonios internos, las batallas de Lai eran épicas sacadas de sus libros. Eso en un punto lo transformaba en El Mostro, como le gustaba llamarse de vez en cuando. De hecho la película se iba a llamar así, El Mostro. Era un tipo difícil, complicado, oscuro, pero sin miedo a decir: “te quiero mucho”, con torpeza y necesidad. Era demasiado humano y eso asusta.

Cerca del final, cuando nos veíamos, ya no llevaba la cámara. Una vez lo visité mientras estaba internado. Sacaba temas, era difícil hacerlo hablar, no parecía el mismo. Le pregunté por la comida, por cómo lo trataban y él contestaba con monosílabos. De repente, me pidió que observara con atención hacia la ventana. Enfrente había una pared cubierta por enredaderas. Contó que durante la mañana veía una cantidad enorme de lagartijas muy pequeñas corriendo entre las hojas. Me contó también, que un médico lo había visitado, que anotaba cosas en su planilla con una lapicera extraña, que tenía un tanque de agua transparente. Adentro flotaba una lagartija muy pequeña que cambiaba sutilmente de color con los rayos del sol. Brillaba, podía ser verde, roja o simplemente desaparecer. El médico anotaba como si nada, mientras le hacía preguntas, pero él no podía dejar de mirar lo que ocurría dentro de la lapicera. Me reí, sorprendido, con una mezcla inexplicable de curiosidad, asombro, algo de miedo y esperanza. Ese, para mí, era Lai.

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