Daniel cuelga a 5000 metros de altura en la pared sur del Cerro Aconcagua. Por debajo de él el precipicio, por encima su hermano, que trata de levantarlo, de rescatarlo con un sistema de aparejos. Un paso en falso sobre uno de los escalones rocosos lo hizo caer. La situación es comprometida, la mochila lo presiona. Daniel el Indio Pizarro está en pleno desconcierto, fuera de su eje, totalmente sacado de su equilibrio. Están escalando la tercera pared en dificultad del mundo.
Lo único que se le ocurre pensar en ese momento es si realmente ellos están capacitados para estar ahí, si verdaderamente están a la altura de semejante pared. Pide una señal a Dios, intenta descubrir si debe estar ahí. Insiste, sabe que podrá interpretar cualquier señal que reciba.

Foto: Anónimo
Daniel nunca tuvo que ir a la montaña para tener las primeras enseñanzas que esta le daría, él estuvo ahí desde el comienzo, nació ahí: fue parido en la roca. Desde temprana edad se crió con su abuela para hacerle compañía; cuidaba chivos y ayudaba a su padre de vez en cuando en el trabajo referido a la antena repetidora del pueblo. Sabía que si cumplía con el estudio y se portaba bien ganaría el permiso para ir a visitar a sus primos que vivían aún más adentro -o más arriba- en la montaña. Fue de su abuela, de ascendencia Huarpe, que aprendió a interpretar la naturaleza, el paisaje. La escalada llega por necesidad, como pescador, ya que para encontrar los mejores lugares de pesca debía ahondarse en la montaña. Escalar paredes, en ocasiones, le presentaban grandes dificultades, donde debía atravesar pasos realmente difíciles, lugares muy expuestos donde las posibilidades de tener un accidente siempre estaban en la orden del día. Fue así que sintió la necesidad de incorporar la técnica (cuerdas, seguros móviles, entre otros elementos). De a poco, lo que fue un medio para conseguir algo, se convirtió en un fin.
El Indio pende de una cuerda, sobre la nada, busca respuestas. Ante la perplejidad misma de la situación, una paloma, una torcaza, se posa cobre la cuerda que lo sostiene. Esta lo mira, de un lado y del otro, gorjea, lo arrulla como si fuera un niño al que le dice que todo estará bien. La paloma vuela, desaparece en la magnitud de la pared. Al acto lo sintió acogedor, un alivio esclarecedor lo inundó de certeza: supo que estaba haciendo las cosas bien, que era el lugar donde debía y quería estar, donde pertenecía. El espíritu mismo de la montaña le había hablado. Después ya no hubo desavenencias, se convirtió en uno de los escaladores más fluidos y seguros que las grandes paredes del mundo llegaron a conocer. No hubo casualidad en ese designio; nunca más volvió a ver una paloma en las altas paredes rocosas de su vida.

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Pizarro nace en Uspallata en 1965, departamento Las Heras, provincia de Mendoza. Cuando tenía aproximadamente 12 años, su padre le regala un baúl lleno de revistas de cómics. Al adentrarse en las lecturas su cabeza se abre, se fascina, se siente motivado por las hazañas de esos héroes. Quiere saborear esas mismas aventuras.
El primero de los cursos de escalada llega luego de su regreso de Buenos Aires, adonde había ido a estudiar. Corría el año 82, en plena Guerra de Malvinas cuando entendió, desilusionado por el contexto actual de la época, que su lugar estaba en otro lado.

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Cuando realiza el curso queda flasheado por la escalada. Un amor a primera vista; descubre que era lo que realmente le gustaba. Se encuentra con que tiene condiciones para escalar, y así también lo ve quien era uno de los alpinistas más renombrado del momento e instructor de escalada del Club Andinista de Mendoza: Alejandro Randis. Quien fuera su mentor, quien plantara la semilla primaria de todo lo que vendría después, le dejó un pensamiento que no olvidaría jamás: “En la vida de todo escalador, en la escalada, las normales sólo son importante al principio, luego hay que abrirse el propio camino”. Allí surge en él el hambre por las grandes paredes del planeta, por las rutas importantes, por abrir rutas… Así fue que, paloma de por medio, en el año ‘92 junto a su hermano 8 años menor, Gustavo, trazaron una nueva ruta en la pared sur de la Aconcagua, a la cual bautizaron “Hermano menor, hermano mayor”. El hecho de también definir un nuevo estilo de escalada, vanguardista para ese momento, los puso en los primeros planos del alpinismo mundial. Tanto en la montaña como en sus vidas profesionales, ese día supieron abrirse camino.
El profesionalismo llega en el año ‘87, siendo el bibliotecario del club, donde es recomendado por Lito Sánchez, el primer ochomilista argentino, quien por compromiso tomado con anterioridad, no podía asumir la tarea de coordinar una expedición de españoles que lo buscaba específicamente. A Daniel, en el ambiente del alpinismo, todavía no lo conocía nadie, pero no dudó en hacerse cargo del trabajo encomendado.
El proceso de aprendizaje de él fue meteórico, ya que era nacido en la montaña, ella no le era ajena, solo necesitó la técnica y el bien aprovechamiento de los elementos. Siempre vio la escalada como una escalera, donde cada escalón es obligatorio, cada uno tiene que ver con la seguridad y la supervivencia posterior.

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Gran parte de su carrera, hasta ese momento, estuvo cimentada por muchas experiencias con distintos compañeros de escalada, como por ejemplo con Mauricio Fernández, quien en aquel momento venía de ser un experimentado nadador a nivel nacional, siendo campeón argentino, conocido como el delfín mendocino. Mauricio contrata a Pizzarro como instructor y terminan trabando una gran amistad, que los llevará a realizar juntos el Glacial de los Polacos y la ruta normal del Aconcagua, entre otros: se ponían objetivos claros y los cumplían.
“Hoy los jóvenes, los que recién empiezan, compran lo mejor, lo último en elementos para escalar. No esta mal, pero se pierden de empezar con la piqueta, con elementos fundamentales del escalador. Los chicos se comen etapas, muchos de ellos no se capacitan en cosas elementales como orientación, supervivencia, primeros auxilios”, sostiene el Indio. Y agrega: “La escalada es como una escalera, escalón por escalón. A medida que vas sumando conocimientos, atesorando experiencias, vas teniendo más posibilidades de resolución de tareas, y al tener esto, los objetivos son mucho más creativos, más grandes y espectaculares. Esa incertidumbre de no saber qué hacer desaparece, se borra, solo queda la certeza.”
Para este escalador reconocido a nivel mundial, ser conscientes de la preparación necesaria, es fundamental para el planteamiento de las aventuras a llevar adelante.
El cadáver del abogado norteamericano David Battaglia yace en la cima de Aconcagua, junto a la cruz, quien por un sobre esfuerzo encontró repentinamente la muerte. Daniel va por él junto a tres compañeros (uno de ellos es su hermano, “El Pampero”). Se la ingenian para bajarlo, inventan -en el lugar- el método que hoy en día se utiliza para rescate en Aconcagua. Bajando, llegan a Cambio de Pendiente. Salvo Daniel, el resto está exhausto, no creen poder terminar el trabajo. El Indio se queda, acampa en el lugar, recomienda y se ponen de acuerdo: descansarán en la base, se alimentarán e hidratarán y volverán recuperados por la mañana para concluir el trabajo.
Pizarro, junto a sus compañeros, realizó uno de los primeros rescates operativos desde la cumbre de Aconcagua a la base en menos de 24 horas. Habían sido contratados por la embajada de EEUU con un contrato muy particular: el cadáver debía llegar intacto para la autopsia.

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Daniel Pizarro hizo los rescates más reconocidos que se han hecho en el famoso cerro. Durante sus 10 años como rescatista, una de las cosas más importante que aprendió es que una de las condiciones fundamentales con la que debe contar un escalador es ser creativo. Y en ese sentido nunca le costó, una de sus pasiones es la exploración, meterse en lugares inhóspitos y ver qué le depara. “Me planteo qué me hace falta para hacer esa ruta, para escalar esta pared, para hacerlo con seguridad, para ser creativo”, remarca el Indio. Su meta así, entre otras, es entregar al alpinismo mundial una ruta bella, que sea alegre al corazón, a la vista. Compara a la escalada con una disciplina artística: “Siento que el escalador, como el pintor, arriesga un trazo virgen en la pared como si esta fuera un lienzo”.
Se hace la noche, una luna plena a su espalda platea el paisaje. Daniel contempla, se pierde en pensamientos junto al cadáver de David. Imágenes recurrentes van y vienen una y otra vez en su cabeza: una mujer joven y una señora mayor le piden por David. Daniel le habla al cadáver, le dice que se quede tranquilo, que hay gente que quiere que vuelva a su pueblo, que harán todo lo posible para que así sea.
Luego de bajarlo, a la semana, les llega a todo el equipo de trabajo un agradecimiento de la embajada y de la familia de David, el cual viene acompañado de una fotografía en la que puede verse a una mujer joven y a una señora mayor: la hermana y la madre, respectivamente, del difunto.

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Indio, quien obtiene este apodo a raíz del corte de pelo estilo mohicano que usa desde siempre y su ascendencia Huarpe, sostiene que hoy en día muchos escaladores están más preocupados porque se conozca su actividad personal en las redes sociales que por el disfrute en sí de la montaña, por sentir el deporte. “Hay que poner el eje en el disfrute, en ir a la montaña porque nos ofrece un montón de posibilidades de crecimiento personal, interior, filosófico. Nos permite un viaje trascendental, interpretar el mundo en el que vivimos más allá del logro deportivo en sí mismo; el reconocimiento vendrá por mera consecuencia”, resalta Pizarro.
Este montañista, instructor de escalada, rescatista y guía de alta montaña, es uno de los últimos de su generación. Muchos de quienes escalaron junto a él han muerto en distintos lugares del mundo: en el Himalaya, en Perú, en los Andes Centrales, etc. Daniel los piensa con tristeza a quienes se formaron junto a él, con quienes recorrió tantas geografías y hoy ya no están. Por otro lado, otros tantos se han retirado y abandonado la actividad. Por su parte se siente feliz poder seguir escalando y trasmitiendo su experiencia.
Finalmente, nos dice: “Si hay algo que agradecerle a esta pandemia -si es que se le puede agradecer- es que nos ha pegado un sacudón, nos ha hecho ver que la vida es ya, que las cosas no pasan por la tecnología, más allá de que sea la conectividad lo que marca al planeta; hay mucha vuelta en la naturaleza de la gente, ya consciente de que tiene que empezar a tener más conexión con el mundo en el que vive, porque si no no van a funcionar las cosas”.
Daniel no reniega de la tecnología, de las generaciones actuales que tanto dependen de ella, sino que intenta bregar porque no perdamos la verdadera conexión, la veta de la vida que nos conecta.






























