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Los bares históricos de Córdoba, una leyenda que trasciende al fernet y el cuarteto

En la ciudad de Córdoba, con más de un millón de habitantes circulando a diario, a la par de una imagen elaborada con retazos de cuarteto, Fernet y choripán, se construye una historia no oficial de la ciudad, sostenida por bares legendarios.

Refugio de un chaparrón lluvia. Oficina improvisada. Antesala de noticias graves y espacio de reflexión. Los bares son un ingrediente necesario de cualquier ciudad, y su importancia es proporcional a la cantidad de habitantes.
Con algunas diferencias de estilos, los bares notables de Córdoba son el anclaje de una realidad que tuvo sus sacudones, sobre todo en este 2020 inclasificable. Con esfuerzo, astucia y compromiso por el rol que cumplen, los bares más representativos de la ciudad le hacen frente a la desolación de la pandemia. El sector gastronómico avanza en la incertidumbre y la inestabilidad. El precipitado final de bares clásicos y modernos invita a volver la mirada sobre aquello que tienen para decir de la ciudad.

Sorocabana

Una ciudad varía según el color del bar desde el que se la mire. Córdoba no es la excepción y Sorocabana se convirtió en un lente particular. Esa opinión la sostienen los turistas que con emoción toman su primer Fernet, algún cliente que desde la vereda acusa el mozo de “pecho frío” y le recuerda datos de goles y copas, las parejas que trasladan su intimidad en el metro cuadrado de la mesa, y un grupo de amigos que llena la vereda con risotadas y falsas acusaciones.

Sorocabana
Sorocabana, en la esquina de Buenos Aires y San Jerónimo, acompaña al centro de Córdoba en todo su ciclo. La Feria del Libro montada sobre la Plaza San Martín convierte al bar en una circulación constante de escritores, periodistas y niños que abren sus libros por primera vez. Su cercanía al Teatro Real hace que los sábados a la noche los clientes ocupen sus mesas para discutir impresiones con mayor o menor vehemencia.

Asistir al cambio de guardia del Cabildo cada 25 de mayo requiere, como un segundo acto de patriotismo, tomar un chocolate caliente entre el tintineo de cucharitas.

Pero hubo una mirada que convirtió al bar en un prisma necesario para la ciudad. A través de crónicas publicadas en La Voz, Sorocabana aparecía en retazos de historias e instantáneas que aún hoy se pueden ver. Se trata de la mirada de un amigo, cliente, escritor, periodista y cinéfilo, de alguien que es recordado por los mozos como una figura callada, amable e insoslayable.

Daniel Salzano se apoderó de Sorocabana con una profundidad que se volvió recíproca. El día que se conoció la noticia de su muerte, muchos pensaron inmediatamente en Sorocabana como en una viuda que siempre va a sentir su ausencia con amor.

Es fácil entender la fascinación de Salzano si se elige una mesa junto al frente vidriado, bien cerca de la pasarela por la que transita la ciudad. Se pueden ver los lapachos y las tipas, sentir el temblor del piso con el paso de los colectivos y taxis. Pero lo mejor sucede adentro, con los clientes y las conversaciones de las mesas. Más de una vez Salzano robó la respuesta de alguna mesa vecina y el gesto de algún mozo cansado, y si sus crónicas tenían la riqueza de la variedad fue porque supo mirar a través de los recortes que le acercó Sorocabana: “Es uno de los pocos lugares que conservan su emblema. No hay una calidad determinada de gente, pero hay mucha gente y todas de confianza”, comentó en una entrevista.

Bar de Córdoba

Foto: Shutterstock

Desde 2016 cordobeses y turistas se detienen a leer la placa y a posar junto a él. Adivinan que el señor de ceño fruncido apoyado en una mesa tuvo que haber visto mucho para ser recordado con una escultura. Y tienen razón.

Seguramente Salzano podría decir mucho sobre cómo vive Sorocabana una pandemia. Hay mucho para decir de riesgos financieros, de protocolos, de mesas tan alejadas que no permiten robar ninguna frase. Probablemente su retrato tejería en una crónica algo de la exaltación que se siente al estar en una mesa de Sorocabana al atardecer, sobre una calle convertida en peatonal.

La Plazoleta

Antes de entrar, un señor le sonríe al mozo que lo espera con alcohol en gel en una mano y un dispositivo para medir la temperatura en otra. Su porte y la diligencia de sus movimientos encarnan la obediencia a una ley que regula la actividad de todos los bares. El cliente entra y se sienta en la mesa que le permite trazar con la mirada un ángulo que abarque el nudo del centro de la ciudad. Un shopping, otro bar, una fuente, dos perros viejos, un boulevard, la Casa Radical y otra plazoleta.

Mientras llena la declaración jurada, el mozo le acerca el cortado de todas las tardes y le da permiso para quitarse el barbijo. No mira nada o mira todo, porque desde La Plazoleta se ven los cruces entre las historias con las que cargan los transeúntes. El paisaje se modificó bastante porque no hay turistas ni estudiantes, y los que trabajan en oficinas eliminaron el after office de sus agendas. Pero siguen estando las señoras que conversan en la vereda del bar, bajo las sombrillas y rodeadas de tortas.

Foto: Shutterstock

Desde hace más de treinta años, La Plazoleta explota su ubicación privilegiada. Con sus pisos ajedrezados y sus luces de neón se sostiene como otro clásico de los días y noches cordobeses. Seguramente este cliente aprovechó, en alguna ocasión, la proximidad del bar al Cineclub Municipal o al Teatro San Martín y demoró alguna discusión con una cerveza o un café. O tal vez se haya sumado al grupo de tangueros que los fines de semana dibujaban ochos con los pies, frente a la tribuna improvisada que formaban las mesas y sombrillas.

La Plazoleta responde al estilo de bares que reciben a sus clientes con un latigazo de aroma a café recién molido. Todavía hoy puede satisfacer esa demanda, con nuevos miedos y necesidades. Detrás de la barra, Cecilia, la dueña, repasa cada detalle: los de siempre y los del protocolo. Se mueve con rapidez y precisión, y se toma unos minutos para pensar en su bar. La luz de la tarde aclara su rostro y permite ver lo que está viendo: una vereda que pocas veces estuvo tan vacía, la ausencia de clientes y los problemas económicos que crecen al ritmo de los contagios.

Algún día el televisor colgado en la esquina no hablará de barbijos ni de vacunas. Algún día volverán las milongas, el café disponible las 24hs y los lomitos despachados de madrugada. Cecilia se encoge de hombros para evitar decir que no tiene otra opción más que resistir. El cliente espera que así sea. Después de pagar, se pone el barbijo y toma alguna de las cuatro avenidas que se unen en La Plazoleta.

Café de la Plaza

A 15 minutos del centro de la ciudad existe otro centro, el del barrio Alta Córdoba. Su ritmo ligeramente aplacado y residencial se construye alrededor de la Plaza Rivadavia y bajo la guardia estricta del Café de la Plaza. El edificio ubicado en la esquina de Fragueiro y Baigorrí tiene más de un siglo y, sin tener una fecha precisa, se cree que el bar está muy cerca de su centenario. Sus techos altísimos, sus pisos de madera y la imponente barra generan en sus clientes el sentimiento de pertenencia a una historia que los excede y aloja en partes iguales.

A pesar de no tener una vereda demasiado amplia, el bar ofrece ubicaciones al aire libre contenidas por una reja. Adentro las mesas se multiplican a lo largo del local, garantizando siempre un lugar libre junto a una ventana. Es difícil no quedarse horas con la mirada perdida frente a un pocillo vacío, o frente a los platitos de acero inoxidable que sirven la manteca y el dulce. Ningún cliente toma un café apurado en el Café de la Plaza, porque la ambientación lo convirtió en un lugar de llegada, en una pausa bien merecida para continuar o cerrar el día. Los clientes pueden ser algunos de los que hicieron algún trámite en el banco o que visitaron a algún familiar en la clínica de la cuadra, pero la mayoría vive en el mismo barrio.

Detrás de la barra, disimulada entre copas, bandejas y pocillos está Flavia, la encargada. Mientras cobra y atiende a algún cliente que pide café para llevar, piensa cómo el bar tuvo que ajustarse a lo nuevo. Piensa en muchas palabras y largas explicaciones, pero utiliza solo una: “Magia”. Explica detalles de la disposición de las mesas y señala a uno de los mozos más jóvenes que tiene el barbijo bien puesto.

Foto: Google

Es sábado por la mañana, uno de los momentos de mayor movimiento, pero en esta época ya no hay horas pico en el bar. Una pareja se sienta en una de las mesas más codiciadas, los dos miran a la plaza. El mozo no les trae la carta porque el pedido lo hicieron una vez, cuando eran nuevos en el barrio, y el resto de los años fue una repetición de ese día y ese desayuno. Mientras leen el diario comen las medialunas, los criollitos de grasa y el café que está siempre a la misma temperatura.

Cerca de esa mesa se inicia otra tradición. Una nena de seis años se sumerge en el enorme cuadro con un diorama de la fachada del bar. Es un trabajo artesanal con maderitas, pedacitos de tela, falsos arbustos y tazas hechas con bolitas blancas. Ese cuadro es una escena dentro de otra escena más real e incierta. Algún día esa nena irá con sus hijos y nietos al bar, y les contará de una época de barbijos.

La incertidumbre de una época sin comparación encuentra algo de alivio gracias al esfuerzo de quienes ven la ciudad a través de la barra de sus bares. Estos recintos refuerzan hoy más que nunca su lugar de guardianes de una historia no escrita en los manuales.

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