Son las 3 de la mañana, Coque e Ismael junto a dos voluntarios del santuario están en un auto rumbo al rescate de una oveja que yace moribunda a la orilla de un camino. Saben que eran dos y la compañera ya murió; probablemente ella corra la misma suerte. De todas maneras, manejan las más de tres horas que los separan del lugar para ver si logran rescatarla. En el medio de la noche encuentran a los dos animales. La oveja aún respira, parece que hace 24 horas que está allí tirada. Entre los cuatro la suben a la camioneta y emprenden el regreso para intentar estabilizarla en el santuario.
Estas escenas son situaciones cotidianas en la vida de los rescatistas de animales. Alguien da el aviso y, sea la hora que sea, ellos salen en busca del animal. Saben que su vida depende de ellos: no ir o llegar demasiado tarde implica una muerte segura, muchas veces lenta y dolorosa.
Semillas de un santuario
Ismael y Coque se conocieron por Internet y al poco tiempo se fueron a vivir juntos. Ambos eran veganos, Coque ejercía como veterinario e Ismael era activista por los derechos de los animales. Ya como convivientes se hicieron una promesa: apenas pudieran montarían un santuario para albergar animales rescatados de la explotación.

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El deseo no tardó en cumplirse cuando adoptaron al primer sobreviviente en el pequeño jardín de su propia casa. Palma, una cerda que necesitaba salir de una finca en Valencia donde vivía en estado de abandono junto a otros cerdos y 60 perros. “La sorpresa fue que al poco tiempo de llegar nos dimos cuenta de que estaba preñada. Palma dio a luz 10 bebés y ya fue imposible seguir viviendo los 13 en esa casa”, relata Coque. Esa fue la semilla del Santuario Gaia y el comienzo de la decisión de dedicar sus vidas a los animales. Al tiempo consiguieron un terreno grande, en una zona que le permitía a Coque seguir con su trabajo de urgencias veterinarias los fines de semanas y arrancaron su sueño. Estuvieron manteniendo los gastos del santuario con sus sueldos varios años hasta que empezaron a recibir donaciones de particulares y contar con la colaboración de voluntarios. Era inviable seguir recibiendo animales si no empezaban a recibir ayuda.
Hoy, ocho años después, albergan a 380 animales entre toros, vacas, ovejas, gallos, gallinas y otras especies
Vida cotidiana
Los días en el santuario comienzan a las 7 de la mañana y terminan -según la estación del año- cuando cae el sol. Lo primero es darles el desayuno a los animales, hacer las tareas de limpieza, asistir a los que están enfermos, suministrarles las medicaciones, evaluar el seguimiento de los que están en tratamiento. Luego se dedican a las tareas de mantenimiento de la infraestructura y a la gestión del santuario, tanto contable como desde la comunicación. En la alimentación semanal invierten en 1000 kilos de fruta, 1500 de heno y 600 de cereales. Todos los días el mismo ritual: alimentación, limpieza, mantenimiento, publicación en redes y respuesta de mails. Hasta que de repente los convocan a un rescate y allí todo se transforma. Como cuando llegaron a llevarse dos pequeños toros gemelos a los que iban a sacrificar y en la granja de vacas lecheras donde estaban les dijeron que solo les iban a dar a uno. Tuvieron que elegir a cuál le salvarían la vida y eso los derrumbó: “el rescate de Samuel, cuando recién comenzábamos con el santuario, fue uno de los momentos más críticos a los que nos enfrentamos. La decisión de elegir cuál llevarte es muy dura. Y al final el que vino con nosotros fue porque se levantó y vino hacia donde estábamos, pero íbamos a agarrar al otro. Nos lo llevamos a él y siempre nos quedará la imagen de ver al hermano allí, haberlo dejado, sabiendo el destino que tenía”, recuerda Coque.

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Elegir entre vida y muerte, entre libertad y esclavitud es parte de la tarea de un santuario. Muchas veces los mismos propietarios de los animales los llaman para entregarlos o a través de denuncia por maltrato. En ese caso tienen que olvidarse del resto y resignarse a llevarse uno o dos. Al principio los que llegaban eran abandonados o perdidos. Aunque suene increíble hay gente que encuentra un cerdo o una oveja por la montaña o en un camino; hay muchos casos así. También, cuenta Coque, desde los últimos años son las mismas autoridades municipales las que reciben denuncias y deben proceder al rescate del animal. Luego buscan un lugar donde puedan vivir, en vez de sacrificarlos, y así llegan al santuario. “Es paradójico que el Estado acuda a nosotros para tener a donde ubicar al animal, pero no hace nada para sostener lugares como el nuestro”, reflexiona uno de los fundadores de Gaia.
Para sobrevivir son fundamentales los voluntarios. Cuentan con un grupo que colabora cotidianamente según turnos y funciones y otro número menor que vive en el santuario. Pueden quedarse de 15 días a tres meses. Llegan personas de todas partes del mundo a cambio del hospedaje y la comida. Una de ellas fue la argentina Magalí Zavala de La Plata, Buenos Aires, quien en 2019 compartió tres meses junto a ellos.

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“Hace aproximadamente siete años que sigo por redes sociales el trabajo que hacen en el Santuario, los conocí por la historia del ternero Samuel. Recién iniciada en el veganismo, Coque e Ismael fueron mis referentes a través de la pantalla, no podía creer que había personas que dejaban su vida de lado para dedicarse a salvar animales. Con cada publicación que veía, me emocionaba y me decía “algún día voy a estar ahí”. Hasta que finalmente luego de mucho esfuerzo hice un viaje largo por Europa, y aprovechando que iba a estar por España no podía dejar de conocer el Santuario así que envié un correo y así empezó todo”, relata Magalí emocionada y recuerda su estadía en el santuario: “el ritmo de vida es completamente distinto, el trabajo es duro pero muy reconfortante, tu tiempo gira en torno a las necesidades de los animales, tus prioridades cambian y eso me enseñó el camino que quiero tomar. Esa experiencia cambió mi rumbo por completo: estamos gestando un proyecto importante que permitirá salvar muchos animales, y también como soy abogada me encuentro cursando una diplomatura que brinda herramientas para ayudarlos”.
Ama la libertad
Dice que Coque que lo más difícil de su tarea es cuando se les mueren los animales. Siempre hay alguno enfermo, llegan en pésimas condiciones y muchas veces no pueden hacer nada. Y lidiar con la gente, ver casos que quieres salvar al animal, ir a recogerlo y por el factor humano no se puede. “Al principio lo vivía muy mal. Todo el tiempo mucha impotencia frente a la injusticia. Esa sensación que te queda. Con el tiempo lo vas enfrentando de otra manera porque si no sería imposible, uno tendría una depresión hace unos cuantos años. Nos ha pasado alguna vez de ir a alguna granja, porque nos han dado el aviso de que quieren dar un animal y tienes que ir con buena cara y decir que todo está estupendo simplemente para poder sacar un animal de allí y que no se arrepienta a último momento. Y luego te vas y piensas en que te has llevado uno, dos o tres y todos los que quedan en esas condiciones. Pero haces un poco de tripas corazón. Y va haciendo mella, pero o te endureces un poco o hubiéramos acabado hace tiempo”, relata y ejemplifica con el caso de Eulalia, una cerda que vivió siete años en un espacio de un metro y medio, sin pisar la tierra ni ver el sol. Luego de varios intentos consiguieron que la persona que la tenía la entregue. Dicen que todo el esfuerzo lo compensaron al verla disfrutar de su libertad, bañarse en una charca y comer hierba por primera vez.
En esos casos, cuando una persona está manteniendo al animal bajo condiciones de maltrato o hacinamiento extremo se aplica la ley local, ya que en España no cuentan con una ley nacional que proteja los derechos de los animales -sean de compañía o destinado al consumo- en todo el territorio por igual. Luego de realizada la denuncia se entra en un proceso judicial con el “propietario” del animal que puede durar años. En algunas oportunidades logran quitárselo y en otros nunca son rescatados. Se trata de leyes que intentan asegurar un mínimo de bienestar para el animal pero que no penan su explotación y uso como un objeto. Actualmente el partido Podemos está trabajando en la redacción de una ley de maltrato animal que contemple penas más duras, colabore con el trabajo de los santuarios y regule la situación en las granjas industriales.

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“Nosotros lo que decimos siempre es que esto es un grano de arena en la nada. Es un poco simbólico al final. Porque comparado con los millones de animales que mueren cada día aquí tenemos muy pocos. Pero también es para con sus historias llegar a más gente, a que tomen conciencia y piensen que un cerdo, una vaca o una oveja es igual que el perro o el gato que vive con ellos”, reflexiona Coque.
Para lograr la conexión y empatía con los animales como seres sintientes y con derechos propios los fundadores del Santuario Gaia trabajan en la comunicación de los rescates. A cada animal que llega lo bautizan con un nombre de persona; de ese modo cambian su historia de objeto (un número dentro de un matadero, una granja, un rebaño) y le dan entidad, lo equiparan a los humanos. La gente conoce la historia de Samuel o Paca, no de un cerdo o una vaca. De esta forma pueden ponerse en el lugar de los animales. Especialmente en los tiempos actuales de confinamiento social, el cual se puede equiparar con el encierro que viven los animales en las granjas y en los zoos. Porque como dice Coque: “estamos viviendo en nuestras carnes lo que es estar privado de la libertad”.






























